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Artesano de Dzoncauich lamenta la desaparición del henequén

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 Don Néstor Dzul Huchim crea sabucanes, lazos para vaqueros, chicotes, bolsas, sogas, hamacas y mecapales con sosquil o rafia y algunos se van a Estados Unidos y otras partes de México

Por Martha López Huan

Don Néstor Dzul Huchim sólo necesita un par de maderas para raspar el henequén que le servirá para crear diversos artículos a base de sosquil. (Martha López Huan)
Don Néstor Dzul Huchim sólo necesita un par de maderas para raspar el henequén que le servirá para crear diversos artículos a base de sosquil que vende en Mérida, otras ciudades de México y Estados Unidos. (Martha López Huan)

Bajo la quietud de la tarde, don Néstor Dzul Huchim teje el sosquil y al hacerlo parece que lo acaricia, lo jala y va formando pequeñas trenzas que con el paso del tiempo se convierten en sabucanes, lazos para vaqueros, hamacas, mecapales, bolsas y todo lo que se pueda imaginar.

–Este trabajo es fácil, lo difícil es conseguir el henequén para rasparlo y convertirlo en sosquil para elaborar las bolsas –dice el campesino de 74 años de edad que desde muy niño se dedicó a trabajar con el agave fourcroydes, gracias al apoyo de su padrastro Gumersindo Huan Poot y su mamá Andrea huchim Chan.

En entrevista exclusiva, desde la puerta principal de su hogar en Dzoncauich, don Néstor habló del agave llamado “oro verde” que desde los tiempos prehispánicos se cultivó en varias partes de Yucatán para obtener fibras y del arte que aprendió de doña Eusebia, la mamá de su padrastro.

–Ahora casi no se cultiva el henequén, porque es un trabajo muy duro. Es difícil que los cultivos se levanten otra vez, sobre todo porque los muchachos de hoy no lo quieren trabajar –dice, mientras sus manos parecen jugar con el sosquil tendido en una especie de bastidor.

Su rostro, curtido por el Sol y surcado de arrugas, es la muestra palpable del duro trabajo que realizó en el campo.

–Crecí en el campo, no fui a la escuela y ni sé leer, pero ahora vivo gracias a la artesanía que aprendí viendo cómo trabajaba la familia de mi padrastro –recuerda y también evoca a su padre, don Gregorio Dzul “que también fue campesino”.

Cada línea que resalta de su rostro es como una anécdota del difícil trabajo que realizó el campesino que tuvo que aguantar punzadas de los espinos del agave, “si te descuidabas te punzabas la mano o cuando cargabas la penca que tenías que sacar de la milpa al camino para que se lo lleven a la desfibradora”.

Con orgullo cuenta que el oficio lo aprendió desde niño gracias a la familia de su padrastro Gumersindo Huan Poot de Dzoncauich. (Martha López Huan)

–El henequén era de calidad, ahora no es lo mismo, porque al convertirlo en sosquil viene manchado. Antes, los patrones cuidaban los cultivos y las fibras –asegura el campesino, quien estuvo casado con doña Josefa Estrella Cobá, con quien procreó a Alberto, Francisco, Andrés “y mi xtub” (el hijo más pequeño) Manuel Jesús.

Con tristeza dice que cuando no hay henequén, a veces compra el sosquil, “y cuando me piden trabajos urgentes, recurro a la rafia para los sabucanes y bolsos”.

–La rafia es una buena opción para sustituir el henequén –admite.

La poca producción que elabora, por la falta de henequén, se va a Estados Unidos u otras ciudades de México, “la gente viene y me compra para llevar allá lejos, donde viven mis paisanos”.

UNA MUESTRA DE DESTREZA

Al hablar de su trabajo, con orgullo responde que él raspa el henequén que compra por kilos con unos vecinos de Dzoncauich: “agarro una madera que parece leña y le saco filo, después me pongo a raspar”.

¡Y lo hizo! Demostró su destreza y fuerza: no parecía que en febrero próximo cumplirá 75 años de edad, parecía sacar fuerzas de su sonrisa al trabajar el henequén.

El orgullo afloraba en cada vaivén del raspado y con el transcurrir del tiempo sólo pedía un deseo, que no se pierda el cultivo del henequén, “porque de ese agave pueden salir muchas fibras y se pueden elaborar  cosas tan importantes para el campesino: desde mecapales, lazos para vaqueros hasta bolsos para dama y abogados que tienen que transportar papeles importantes.

Con el vaivén del raspado, don Néstor Dzul Huchim evoca su trabajo en el campo y de cómo se punzaba con el enorme espino del henequén, «es un trabajo difícil que se está perdiendo», dice. (Foto: Martha López Huan)

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